Existen deportistas dotados de una pasta especial, marcados por la búsqueda incesante de la victoria, capaces de sobreponerse a las adversidades, aquellos que sufren un dolor excesivo al probar en contadas ocasiones las mieles de la derrota, acostumbrados a manejar sobre sus espaldas la pesada carga de la presión constante y cuyo manual de vida sólo conoce una palabra: el éxito.
Quizá por ello, por haberlo conocido de una forma tan cercana, sienten el placer incesante de volver a sentir una vez más el aliento del público en una escapada en el Alpe D´Huez o el rugir de fondo de una cancha puesta en pie ante una canasta ganadora sobre la bocina. Qué mejor manera de reflejar estas características en dos celebridades tan destacadas en el deporte de élite: Michael Jordan y Lance Amstrong.
La historia del primero es sobradamente conocida. Llegó a la NBA en la tercera posición del draft de 1984 de la mano de los Chicago Bulls, convirtiéndose en la piedra angular de un proyecto ganador que contaba con escuderos de lujo como Scottie Pippen o Dennis Rodman, y que tenía en el banquillo al gran maestro Zen, el señor de los anillos Phil Jackson. Dignos de mención merecen algunos de sus galardones individuales, como sus 5 MVP´s al jugador más valioso, sus 14 participaciones en el partido en las estrellas o sus constantes apariciones en la portada de la revista Sports Illustrated (paradigma del éxito para el deportista americano). Aunque siempre será recordado por su instinto asesino cuando el balón más quema, en los momentos finales de los partidos. En mi memoria permanece fresco el recuerdo del partido de la consecución de su último anillo, el 15 de Junio de 1998, en el que a falta de cinco segundos, tras finta increíble sobre Russel, derrotó a los Jazz de John Stockton y Karl Malone. La narración de los hechos por parte del periodista Antoni Daimiel es al baloncesto lo que la narración de Victor Hugo Morales sobre el gol de Maradona al fútbol: “Dios volvió a disfrazarse de jugador de baloncesto”. Su vuelta se produjo en el año 2001, enrolado en las filas de los Washigton Wizards, equipo en el cual empezó a despertar la faceta de ejecutivo. Jordan marcó la década de los 90, entrando en las casas de sus seguidores a través de la televisión, sus posters o su famosa línea de zapatillas Air Jordan, patentada en la actualidad por otros jugadores como Carmelo Anthony.
La historia de Lance Amstrong posee un valor épico añadido que engrandece aún más su figura: superó un cáncer de
testículos, que le sirvió para seguir a rajatabla la famosa frase “lo que no te mata te hace más fuerte”. Después de que se le detectará el tumor en 1996, siguió un plan específico para mejorar su rendimiento de forma progresiva que le condujo hacia su reaparición en 1998. En aquellos tiempos surgió como figura fundamental en su carrera deportiva el director Johan Bruyneel, que le otorgó la confianza necesaria para forjar su espíritu de campeón inquebrantable, que le llevó a subirse a la cima de los Campos Eliseos en siete tours consecutivos, los que van del año 1999 al 2005, adelantando a otras leyendas como Miguel Induráin. Recuerdo a mi abuelo sentado viendo el Tour en el caluroso mes de Julio diciéndome: “Javi, ¿has visto como sube ese animal las cuestas?”. El gran nivel de sus equipos, sus ataques en momentos decisivos, así como la ausencia de un rival sólido respaldado por un equipo potente (casos de Beloki o Ullrich) marcó el devenir de su triunfo constante. Su vuelta este año a la ronda gala no estuvo exenta de polémica, reflejada en la disputa interna de equipo con Alberto Contador, (el ciclista del momento) ante el que finalmente cedió para conseguir un más que reseñable tercer puesto al haber estado tres años sin competir. En la actualidad continúa con su campaña de ayuda y prevención del cáncer, manifestada en la famosa pulsera amarilla Livestrong.